Los cuatro evangelios narran extensamente los acontecimientos ocurridos en los días que conocemos como la semana de pasión de Jesucristo. La semana que comenzó con una peculiar entrada triunfal en Jerusalén, alcanzó su cenit cuando Cristo expiró su vida en la cruz del Calvario y fue enterrado.
Así termina la semana de pasión. Y muchos, del llamado mundo cristiano, centrar su mente y sus corazones en la triste historia del Salvador que fue torturado y crucificado. Y en esta semana, muchos en nuestro país están apesadumbrado y triste, no por los acontecimientos de la semana de pasión, sino porque no pueden sacar a pasear las imágenes de ese Cristo muerto que tan artesanalmente han esculpido en madera.
Para la mayoría de las personas, que veneran las imágenes, la semana de pasión sigue siendo la historia de uno que murió. Y pocos tienen en cuenta que la semana dio paso a una nueva semana y que el primer día de la semana, el domingo, la tumba quedó vacía. Pero centrémonos en la semana de pasión que es en la que nos encontramos ahora mismo.
Juan, el autor del evangelio que lleva su nombre, le dedica a la semana de pasión de Jesús el 40% de todo el evangelio. Y en los demás evangelios la semana, de pasión, también, ocupa un lugar destacado.
Pero como suele pasar, muchas veces, al ver tantos arboles no llegamos a percatarnos del bosque. Se nos aporta tanta información sobre la semana de pasión, se nos muestran tantos detalles, que podemos perder de vista el mensaje central que Dios nos quiere revelar.
¿Cuál es ese mensaje? ¿Podemos resumir en una frase todo lo que encierra la semana de pasión de Cristo?
Para mí, el mensaje central de la semana de pasión se encuentra en las mismas palabras de Jesús.
Juan 19:30 Entonces Jesús, cuando hubo tomado el vinagre, dijo: ¡Consumado es! E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Esta expresión de Jesús es el núcleo del mensaje que Dios nos ha querido revelar. La obra de la redención, el plan divino de salvación, se ha consumado, se ha acabado, se ha completado, en toda su totalidad.
La consumación del plan de salvación ocurrió el viernes de pasión. Pero permitidme, que os muestre un breve resumen de los acontecimientos:
Domingo -– La entrada triunfal
Lunes—La maldición de la higuera. La petición de unos griegos de ver a Jesús
Martes—La higuera seca. Predicación en el Monte de los Olivos
Miércoles—El complot para la traición
Jueves—Jesús lava los pies de sus discípulos. La última cena. La oración de Jesús. Getsemaní. El arresto y la pantomima de juicio.
Viernes—Tortura. Crucifixión. Sepultura
Sábado—El silencio de la muerte
Está sería una breve cronología de los acontecimientos más significativos. Tal día como hoy, Jesús habría enviado ya a sus discípulos para que preparasen la última Cena. Y conforme se iba acercando la noche y se iban cumpliendo las horas, el momento de la consumación se acercaba irremediablemente. Nadie como Jesús era más consciente de lo que le venía encima. Nadie como Él sabía lo que le quedaba por sufrir para acabar el plan de salvación trazado desde antes de la fundación del mundo.
Está agonía de Jesús queda reflejada para nosotros en la Palabra de Dios cuando se nos describen las horas que Jesús paso en el huerto de Getsemaní.
Podemos leer el texto en el evangelio de Lucas 20:39-40 (RV60)
39Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. 40Cuando llegó a aquel lugar (Getsemaní), les dijo: Orad que no entréis en tentación. 41Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, 42diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. 43Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. 44Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. 45Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; 46y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación.
Cuanto más leo estos textos más me convenzo de la terrible agonía que es para una persona saber lo que le viene encima y no poder escapar de ella.
Pero en el caso de Jesús, la certeza de todo lo que le había de acontecer, de todo el dolor físico, psicológico y afectivo que debía soportar se agranda aún más porque Jesús todo lo soportó de forma voluntaria.
Él afirmó su rostro y subió a Jerusalén (Lc.9:51) para cumplir con su misión. Él conociendo quien lo iba a traicionar lo hizo sentar a su lado para comer la última cena. Él sabiendo que Pedro lo negaría horas más tarde no lo rechazó, sino que lo invitó a orar con él en Getsemaní. Él siendo Dios hecho hombre, no usó su deidad para enfrentarse a estos momentos de agonía. Él siendo hombre fue obediente a la voluntad de su Padre y consumó el plan de salvación que nació en el seno del trino Dios.
Hoy, un jueves santo más, tenemos la oportunidad de meditar en lo mucho que le costó a nuestro salvador el librarme de la ira de Dios. Jesús oraba—Padre si quieres, pase de mi esta copa…
La copa es la ira de Dios (Is.51:17). Una ira que es santa y justa y que se revela contra todo el que comete pecado. Jesús apuro esa copa por nosotros. Él tomo la copa y anuló con su sacrificio la ira de Dios contra mi. En Getsemaní, el oraba por sí mismo. Pero gracias a Dios que después de orar el Salvador no rehusó el beber la copa y así librarme de la ira de Dios.
Leyendo como fue su agonía, viendo cómo Jesús consumó mi salvación, sólo puedo caer rendido a sus pies y clamar a Dios para que su sacrificio nunca deje de estar presente en mi memoria y en mi vida en cada momento.

mrg