Nuestras próximas entradas van a ir dirigidas a exponer las doctrinas fundamentales que marcan nuestras convicciones y nuestro credo como iglesia. Empezamos con uno de los fundamentos de nuestra fe; la inspiración divina de las Escrituras, la Biblia.

La doctrina de la “Inspiración de la Biblia” es una de las más controvertidas de todas. Pocas doctrinas son tan cuestionadas y atacadas como esta. Las razones son obvias. Cuestionarse la inspiración divina como origen de las Sagradas Escrituras equivale a eliminar la autoridad y la vigencia de todo su contenido.

El teólogo José Grau lo expresa así: “Es imposible desgajar la inspiración de la Biblia y la historia del reconocimiento del canon bíblico del tronco de donde ha surgido: la historia de la salvación.”
Un ejemplo de esta línea de pensamiento y, por consiguiente, ataques actuales en relación a la “inspiración” surgen de la neo-ortodoxia representada principalmente por Karl Barth y Emil Brunner. Ellos sostienen que la Biblia no es palabra de Dios, pero se convierte en la palabra de Dios cuando, mediante su lectura, Dios nos hace oír su voz. Las escuelas teológicas liberales sostienen que la razón, el rigor científico y el pragmatismo existencial deben imponerse al cualquier dogma relativo a la letra de los textos bíblicos.
Estas opiniones en absoluto se sostienen ante las declaraciones de la Palabra misma en relación a su inspiración divina. 2 Timoteo 3:16 afirma categóricamente que “Toda la Escritura es inspirada por Dios[…]”. El significado de la palabra “inspiración” que encontramos en el citado versículo.  Se traduce del griego “theopneustos”, que se compone de la la palabra Dios (theo) y hálito (pneustos).  La traducción más correcta sería “Toda Escritura es “exhalado” por Dios”. De la misma forma que Dios sopló o exhaló “aliento de vida” en el primer hombre creado (Génesis 2:7), así la Palabra de Dios recibe por el soplo de Dios su naturaleza divina. Pero las Escrituras no solamente nos indican el origen divino sino, también, el proceso por la cual esa “exhalada palabra de Dios” ha llegado hasta nosotros (2 Pedro 1:21)
En estos dos versículos encontramos el doble origen de las Escrituras—divino y humano— al mismo tiempo. La importancia que tiene esta doble naturaleza de las Escrituras la resume de la siguiente forma José Grau: “el elemento divino garantiza la inerrancia y la verdad de su mensaje (Escrituras), y el elemento humano incita nuestra humildad y nuestro estudio para discernir la perfección divina a través de las limitaciones (no los errores) del instrumento humano, los vasos de barro de la Revelación.”
Pero la inspiración no se limita solamente al NT. Tanto Pablo como Pedro en los versículos citados hablan de “Toda la Escritura” (Pablo) y “ninguna profecía” —siendo profecía usado por Pedro como sinónimo de toda la Escritura—, lo cual incluye los escritos del AT.
El mismo Señor Jesús autentifica la Palabra como verdad absoluta y de origen divino en su oración intercesora ante Dios Padre; Juan 17:17. “tu palabra es verdad”. Además Jesús cita en más de una decena de ocasiones en los evangelios los Escritos del AT iniciando su discurso en ocaciones con “escrito esta” (Lucas 3:4; 4:4 y 8, 7:27; 10:26; etc.). También los apóstoles autentifican los escritos del AT como Palabra de Dios. (Hechos 1:20; 7:42; 13:33; etc.)
El mismo AT recoge la intervención de Dios en la formación de las Escrituras. Similar a lo que se nos indica en la epístola de 2ª Pedro,  Zacarías 7:12 menciona la operación del Espíritu en la entrega de la revelación. La inspiración de Dios se extiende a toda la Escritura y es por ello que podemos hablar de una inspiración plenaria.
A modo de conclusión, la doctrina de la inspiración divina de la Palabra de Dios es fundamental para el desarrollo de una teología adecuada. La inspiración divina eleva la Biblia de una compilación de escritos humanos a ser la Palabra de Dios y, por consiguiente, suprema y autoritativa norma de fe y conducta para el hombre.

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